SERGIO MARTÍN-PORTUGUÉS: UNA VIDA DE APRENDIZAJE, ESFUERZO Y CURIOSIDAD
Aprender a aprender
Desde que comenzó sus estudios en el instituto en 1967 hasta su jubilación, Sergio Martín-Portugués ha recorrido un largo camino en el que la formación, el trabajo y, sobre todo, las ganas de seguir aprendiendo han estado siempre presentes. Su historia comienza en las aulas del entonces ITEM José Ruiz de la Hermosa y continúa muchos años después, entre laboratorios, procesos industriales, ordenadores, música y pintura. Una trayectoria que demuestra que lo que aprendemos en el instituto puede acompañarnos mucho más allá de los años que pasamos entre sus paredes.
Sergio llegó al instituto procedente de la escuela de Don Ángel, después de superar una prueba de ingreso. Cuando recuerda aquellos primeros años, lo hace con la mirada de quien conserva en la memoria detalles muy concretos. Le llamaron especialmente la atención las aulas grandes y luminosas del edificio de Miguel Fisac, los pupitres individuales y algo que hoy nos parece completamente normal, pero que entonces suponía una novedad: “tener un profesor y un libro específico para cada asignatura”.
También fueron años de cambios. Sergio vivió la incorporación de las primeras alumnas y la posterior creación de grupos mixtos, en un momento en el que el instituto iba transformándose poco a poco junto con la propia sociedad. Pero, cuando habla de aquella etapa, más que las instalaciones o los cambios organizativos, aparecen nombres propios: profesores que dejaron una huella y formas de enseñar que todavía recuerda muchos años después.
Entre ellos está D. Francisco Pérez, profesor de Geografía, cuyos métodos resultaban especialmente innovadores para la época. Una de las actividades que más recuerda consistía en elaborar un cuaderno con recortes, mapas y contenidos sobre las distintas provincias. No era simplemente estudiar un listado de nombres y lugares, sino buscar información, organizarla y construir poco a poco un material propio. “Aprendíamos de una manera diferente”, recuerda Sergio.
También las Matemáticas ocuparon un lugar importante en su formación. De aquella asignatura recuerda especialmente a D. Cipriano, a quien atribuye buena parte de la preparación que posteriormente le permitió afrontar sus estudios universitarios con una buena base en esta materia. Quizá sea precisamente eso lo que queda de algunos profesores cuando pasan los años: no solo los contenidos que enseñaron, sino la seguridad con la que nos ayudaron a enfrentarnos a lo que vino después.
Porque en aquellos años el aprendizaje no terminaba cuando sonaba el timbre. Cuando se decidió dejar de impartir clase los sábados por la mañana, el centro comenzó a organizar actividades extraescolares. Algunas eran tan sencillas como jugar al fútbol. Otras llevaban a los alumnos bastante más lejos, incluso literalmente.
Algunos profesores organizaron excursiones en bicicleta a las motillas del Azuer y de los Palacios. Allí los alumnos no se limitaban a visitar los yacimientos: participaban en las excavaciones y llegaron a encontrar fragmentos de cerámica que posteriormente fueron reconstruidos hasta formar varias vasijas. Era una manera de aprender haciendo, de acercarse a la historia desde la propia experiencia y, probablemente, de convertir una excursión escolar en uno de esos recuerdos que permanecen durante décadas.
Y, como ocurre con tantos recuerdos de juventud, junto al aprendizaje aparecen también las anécdotas. Sergio recuerda que, al llegar a las motillas, los profesores sacaban una botella de coñac y les daban un trago para que entraran en calor: “cosa impensable hoy en día”. Una frase que resume perfectamente cuánto han cambiado algunas costumbres desde entonces.
También ha quedado en su memoria otro episodio que hoy resulta especialmente llamativo. Durante el traslado al nuevo edificio del instituto, Sergio participó en el transporte del material y los reactivos del antiguo laboratorio. Entre ellos había ácido sulfúrico, sosa y sodio metálico. Y cuando recuerda cómo se realizó aquel traslado, la respuesta resulta casi sorprendente desde nuestra perspectiva actual: “Todo sin ningún tipo de protección”.
De aquellos años salió con una formación que sería el punto de partida de la siguiente etapa de su vida. Tras terminar sus estudios, se trasladó a Bolaños de Calatrava, donde comenzó a trabajar como camarero. Pero el deseo de seguir estudiando seguía ahí y finalmente decidió matricularse en Ciencias Químicas en Ciudad Real.
El comienzo de la universidad no fue sencillo. Tuvo que ponerse al día especialmente en Física y Química: “Llegué del instituto con un nivel bajísimo de Física y Química, hasta el hecho de no saber ni formular”. Sin embargo, las Matemáticas eran otra historia. En este caso, recuerda con especial agradecimiento la preparación que había recibido en el instituto: “Llegué con un buen nivel de Matemáticas gracias al instituto con Don Cipriano”.
Su formación universitaria continuó hasta completar sus estudios de Bioquímica en la Universidad Complutense de Madrid. Y, con la llegada al mundo laboral, comenzó otra etapa en la que volvería a aparecer una constante que ya estaba presente desde aquellos primeros años: la necesidad de seguir aprendiendo.
Sergio comenzó a trabajar en ALVINESA en el laboratorio. Con el crecimiento de la empresa fueron aumentando también sus responsabilidades y pasó a participar en tareas relacionadas con la dirección de planta y con la implantación de nuevos procesos, entre ellos la obtención de ácido tartárico mediante cristalización.
Pero si algo caracteriza su trayectoria profesional es que nunca se limitó a aquello que ya sabía. Cuando surgió la necesidad de incorporar nuevos conocimientos, los buscó. Así ocurrió con la informática. De manera autodidacta, comenzó a formarse en redes y mantenimiento de equipos y participó en la instalación de los primeros ordenadores personales y de la primera red informática de ALVINESA. También colaboró en la implantación de la norma de calidad ISO 9001.
Es curioso pensar en ese recorrido: aquel alumno que comenzó en 1967 aprendiendo con libros y cuadernos acabó participando en la llegada de los primeros ordenadores a su lugar de trabajo. Entre una cosa y otra habían pasado muchos años, pero la actitud era la misma: enfrentarse a algo nuevo y aprender.
Y esa actitud no terminó con la jubilación. Al contrario, parece que entonces comenzó otra etapa de descubrimientos. Sergio ha aprendido a tocar el fagot, partiendo de sus conocimientos previos de saxofón, y ha comenzado también a practicar pintura en acuarela. Cambian las materias, cambian las herramientas y cambian las circunstancias, pero permanece la curiosidad.
Quizá por eso, cuando le preguntamos qué mensaje transmitiría a los alumnos y alumnas del instituto, su respuesta resume tan bien toda su trayectoria: “Los conocimientos deben servirnos, junto con todos los recursos de que dispongamos, para aprender a aprender”.
No se trata únicamente de acumular conocimientos, sino de adquirir las herramientas necesarias para seguir buscando, preguntando, probando y aprendiendo cuando ya no haya un profesor delante ni un libro que indique exactamente qué hacer.
La trayectoria de Sergio Martín-Portugués es, en ese sentido, una historia de aprendizaje continuo. Comenzó entre las aulas del instituto, pasó por la universidad y por el laboratorio, continuó en la industria química y se ha extendido después hacia la informática, la música y la pintura.
Quizá esa sea una de las mejores enseñanzas que puede dejar alguien que ha pasado por nuestras aulas: que los años de instituto no son una etapa aislada, sino el comienzo de un camino. Lo que allí aprendemos puede acompañarnos durante mucho tiempo, pero también puede enseñarnos algo todavía más importante: a seguir aprendiendo por nosotros mismos.