Puede que Olviden lo que Aprendieron, pero no lo que Vivieron

Hoy presentamos a un antiguo alumno, JULIÁN GIGANTE SÁNCHEZ, alguien cuya trayectoria merece ser leída. Lo que ha vivido es un recorrido lleno de pasos firmes, decisiones valientes y un vínculo constante con nuestro IES. Y, siendo sinceros, nadie mejor que él para ponerle voz a ese viaje. Por eso, a partir de este punto, serán sus propias palabras las que tomen el mando y nos conduzcan por la historia que comenzó, hace ya años, entre estas mismas paredes.

Querido lector/a:

Mi paso por el IES “Ojos del Guadiana” es bastante lejano en el tiempo. Hay que remontarse al año 1984 cuando acabé mis estudios de COU (2º BACH). En esa época, el instituto se llamaba “José Ruiz de la Hermosa”. Así pues, han pasado ya la friolera de 42 años desde que finalicé mi andadura académica en este centro educativo. Caprichos del destino o casualidades de la vida, nunca me he desvinculado del mundo educativo ya que, al finalizar Bachillerato, estudié Magisterio en Ciudad Real. Hace dieciocho años, conseguí traslado en el IES “Ojos del Guadiana”, lo que me ha permitido volver a mis orígenes y ejercer la docencia en el mismo instituto donde estudié. De hecho, me resulta muy curioso entrar en las aulas donde imparto clase y ver el sitio que ocupaba yo en mi época estudiantil. Ardua será ahora la tarea de resumir tantos años de mi vida.

«Lo que pasa en Halloween se queda en Halloween»

Como podéis imaginar, mi época de estudios difiere bastante de la actual. Por ejemplo, conceptos o términos como digitalización, Internet, telefonía móvil o Inteligencia Artificial no existían y no se habían desarrollado por completo en la sociedad o en el ámbito educativo. Ni siquiera los proyectores eran todavía herramienta en el aula. En mis tiempos, las clases eran demasiado académicas y magistrales. La dinámica habitual era que el profesor/a explicara los contenidos en la pizarra y el alumnado copiara la información en papel. En otros casos, la asignatura se convertía exclusivamente en copiar apuntes para resumir el contenido del libro de texto. Escuchar, copiar, explicar. Escuchar, copiar, explicar… Ese solía ser el bucle cotidiano. Recuerdo que esta didáctica y metodología llegó a ser demoledora en COU (2º BACH). De hecho, de los casi 40 compañeros/as de mi clase matriculados en la especialidad de Ciencias en septiembre, solo siete asistíamos regularmente a clase a partir de mayo y pocos más nos presentamos a La Selectividad.

Peculiar me resultaba el formato cuadrado de algunos libros de texto. Aún conservo, por ejemplo, el libro de Ciencias Naturales marrón de 1º BUP (3º ESO) y el azul de Literatura de 2º BUP (4º ESO), ambos de la editorial Anaya. En cuanto a formato y contenido, también tenía su atractivo el librito de inglés de 2º y 3º BUP, “Starting Out” y “Getting on” respectivamente.  Diez unidades en cada libro nos ponían al día del romance de sus protagonistas, Arthur y Mary.

Otra curiosidad de mi época fue la reducción de horas lectivas en el horario semanal conforme pasabas de curso. En 1º BUP (3º ESO), que es cuando empezábamos la secundaria, nos correspondían dos horas libres a la semana. Como también había clases por la tarde, el hecho de encontrarse uno o varios huecos después de comer se agradecía. Evidentemente, los últimos años académicos garantizaban algunas tardes libres. Memorables y formidables eran las fiestas de Santo Tomás de Aquino. Se trataba de una intensa semana, incluidas las tardes, en las que el componente deportivo, cultural, escénico, musical, etc., estaba muy presente en la vida del instituto. Ni que decir tiene que el punto álgido era el desfile de damas y damos (los guapos y guapas del insti) y, cómo no, el espectáculo satírico burlesco de “Las Chorradas”, capitaneado cada año por los alumnos/as que realizaban el viaje de fin de curso. El salón de actos estaba a rebosar, incluido el gallinero de la planta de arriba (convertido ahora en sala de conferencias).

Excursión fin de curso 4º ESO 2025-26

A nivel didáctico, sí que guardo un grato recuerdo de una asignatura. Se trata de la clase de Música de 1º BUP (3º ESO). Nada más empezar el curso, la profesora nos confesó que le habían asignado esa asignatura para completar horario, pero no tenía ni idea de la misma. Nunca la había impartido. Paradójicamente, fue su revolucionario y novedoso enfoque metodológico lo que me sorprendió. No había exámenes trimestrales. Solo por asistir a clase ya teníamos el 5, el aprobado. Para obtener una calificación mayor, de NT o SB, tendríamos que agruparnos por equipos o individualmente y exponer algún tema relacionado con la música (grupos, estilos, tendencias, instrumentos, etc.) Así pues, fuimos los propios alumnos/as los que cubrimos el temario de la asignatura y casi toda la clase participó. Recuerdo que hubo un compañero que dedicó casi dos meses a dar a conocer las bandas y cantantes más influentes de los 60 (obtuvo Matrícula de Honor, claro). En mi caso, mis compañeros de equipo y yo trabajamos la interpretación de canciones famosas del Rock y del Pop a través de la Música Clásica. Como colofón, la joya de la corona la puso un compañero de etnia gitana. Llamó a su primo, guitarrista profesional y cantaor flamenco de Madrid, que nos brindó un concierto de una hora en el aula y nos supo a gloria. ¡Vaya espectáculo inolvidable que nos hizo pasar a todos! Como veis, lo que ahora llaman “educación invertida” ya lo trabajamos algunos/as hace más de 40 años.

Obviamente, otros profesores han dejado su impronta en mi etapa educativa. Resaltaría, por orden cronológico, a Joaquin, profesor de Lengua Castellana en 1º BUP. Profesor metódico, ordenado y estructurado, con capacidad de análisis crítico. En 2º BUP recuerdo a Higinio, de Geografía e Historia. Era un profesor que transmitía su pasión por la asignatura, explicada con ímpetu y sin necesidad de esclavizarse por un libro de texto. Además, propiciaba el contagio por la participación y el debate espontáneo en el aula. En 3º BUP y COU estaban Don Alberto Herreros y Don Miguel Herreros, de Matemáticas y Biología respectivamente. Alberto destacaba por sus pizarras impolutas, la elegancia con la que escribía con la tiza, la claridad de sus explicaciones y el ritmo pausado que imprimía en el temario. Don Miguel era una persona afable, campechana y cercana, tanto en el trato personal como en la forma de dar sus apuntes.

Con Mafalda, gran conocedora de la psicología humana.

Pero, sin lugar a dudas, quien me marcó a nivel profesional fue el Sr. Keating, el profesor de la película “El Club de los poetas muertos”. Sé que es un personaje ficticio, un guion cinematográfico, pero, para mí, como docente, supuso una metodología revolucionaria y novedosa en la forma de enseñar, de llegar al alumnado. Gracias a perfiles como el del Sr. Keating me gravé hasta la médula una máxima en educación: “Puede que acaben olvidando lo que aprendieron, pero nunca olvidarán como les hicimos sentir”. En definitiva, yo quería parecerme al Sr. Keating.

Después de finalizar el instituto y dar el salto a la universidad, tuve que adaptarme a las circunstancias socioeconómicas familiares. Tres hermanos estábamos en edades universitarias, por lo que era imperativo ceñirse a la oferta formativa del escaso campus universitario de Ciudad Real. Entré en la lista de admitidos en la Escuela de Enfermería de Ciudad Real (ATS en esos tiempos). A pesar de las inmejorables salidas laborales y el futuro prometedor que ofrecía esta carrera, me di cuenta de que el mundo sanitario no era lo que me motivaba profesionalmente. La vocación docente siempre ha estado a flor de piel en mi vida, por lo que anulé la matrícula y me decanté por Magisterio, en la especialidad de Matemáticas y Ciencias. Finalicé la carrera en 1988.

En mi época, el problema real de magisterio eran las oposiciones. La cruda realidad se imponía al ver las exiguas plazas que convocaba el Ministerio de Educación para mi especialidad (dos plazas en la región). Desmoralizado por las nulas expectativas de aprobar en Educación, me presenté a unas oposiciones del Ministerio de Hacienda. Obtuve plaza fija en la Administración de Valdepeñas. Aunque tenía empleo fijo, dejé esa estabilidad y seguridad laboral por una semana de empleo interino en educación. Tenía claro que trabajar con papeles hasta que me jubilara no era mi vocación. Por tanto, después de casi dos años como funcionario de Hacienda, decidí ejercer la docencia. A nivel estratégico, sí que di un giro de tuerca en mi formación ya que estudié inglés en la Escuela Oficial de Idiomas de Ciudad Real con la intención de presentarme a las oposiciones de maestro por la especialidad de Lengua Inglesa.

Actividad de S. Valentín 2024: “UP, la gran aventura”

En 1991, aprobé las oposiciones de magisterio por la especialidad de Filología Inglesa. Desde ese momento, he tenido la suerte de contar con muy pocos destinos y muy cercanos. Han sido casi 20 años ininterrumpidos impartiendo inglés en el primer ciclo de secundaria, sobre todo en Manzanares y algunos años en Daimiel. En el momento actual, imparto clases de Lengua Castellana desde hace 16 años. Al fin y al cabo, se trata del aprendizaje de un idioma, por lo que la dinámica utilizada en el aula tiene el mismo enfoque metodológico.

A estas alturas, toca mencionar un punto muy importante en mi vida personal y vocacional: la solidaridad. En concreto, embarcarme en algún proyecto de Cooperación Internacional en un país empobrecido del Sur. Tan motivado estaba con el tema que realicé un curso de “Experto en Cooperación Internacional” por la Universidad de Oviedo, de un año de duración. La decisión estaba tomada y opté por hacer un parón profesional de tres años (2000-2003) durante mi etapa en el IES “Sotomayor” de Manzanares.  Marché con mi mujer a Zambia, como laicos misioneros. Ella desarrollaría un proyecto sanitario con enfermos de SIDA y tuberculosis y yo impartiría clases de Matemáticas e inglés a estudiantes de Grados 9, 10 y 11 (equivalente a 3º, 4º ESO y 1º BACH) en la escuela secundaria “Solwezi Day High School”. En Zambia, al ser colonia inglesa, el sistema educativo lleva la misma nomenclatura de Grados que el sistema británico.

Clase Grado 11 (1º BACH), Zambia, 2002

Para poder ejercer como docente en un país de lengua inglesa necesitaba obligatoriamente títulos y formación que acreditara internacionalmente mi conocimiento del idioma. Esta exigencia burocrática me ofreció la oportunidad de formarme aún más en el idioma inglés. De hecho, antes de partir a Zambia, estuve viviendo en Dublín siete meses. En ese tiempo conseguí cursos y titulación internacional en la enseñanza del inglés (Certificado TEFL y C2 en GESE por Trinity College), junto con algún curso de Cooperación Internacional con la Agencia Estatal Irlandesa de Cooperación (APSO). Tres años comprometidos en un país africano, con un alumnado respetuoso, supermotivado y con ganas de aprender, me hizo relativizar a mi regreso muchos de los problemas académicos con los que nos topamos los docentes en nuestro quehacer diario en España.  En términos de aprendizaje y de oportunidades educativas, en África encuentras a un alumnado que quiere, pero no puede. Sin embargo, aquí, en Occidente, enseñas a un gran público que puede, pero no quiere. Es la injusticia del reparto desigual en este mundo, incluso en Educación.

Llegados a este punto, se hace oportuno referir la icónica cita de Nelson Mandela: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”. Increíblemente, muchos de nuestros/as adolescentes no suelen valorar la gran suerte que tienen de recibir educación a diario en un centro educativo. No son aún conscientes de que la formación y los valores que reciben les abrirán muchas puertas en un futuro no muy lejano. Lamentablemente, otros muchos/as jóvenes de su edad, por el mero hecho de haber nacido en un país empobrecido, jamás gozarán de oportunidades similares.

Trabajando por grupos en la Biblioteca del “Ojos del Guadiana”

Mi consejo al alumnado es que estén orgullosos y agradecidos de un sistema educativo como el que tienen, que garantiza la enseñanza universal por ley. Hoy día, el alumnado no tiene excusas para abandonar la formación académica o desvincularse de la educación ya que el Estado les brinda innumerables oportunidades, posibilidades y una gran oferta educativa acorde a sus perfiles. Sin ir más lejos, el alumnado de nuestro país cuenta con educación formal y no formal; educación pública, concertada y privada; educación presencial, semipresencial y a distancia; ciclos formativos de grado medio y superior en FP; acceso a la universidad para mayores de 25 años; becas de estudio; programas de diversificación; programas de intercambio europeos como Twinning, Erasmus… En definitiva, la gran suerte de nuestros estudiantes es haber nacido en el Norte. Esta suerte les garantiza oportunidades y acceso a recursos prácticamente inexistentes para otros jóvenes de otras latitudes. Mi consejo es que aprovechen este privilegio.