Tres generaciones, un mismo instituto
Cuando desde el instituto surgió la idea de recoger los recuerdos de antiguos alumnos con motivo de su 75.º aniversario, no tuve que pensar mucho en quién entrevistar. Mi suegro, con 78 años, fue alumno de este centro en sus inicios. Pensé que sería bonito rescatar sus vivencias y comprobar cómo ha cambiado, y también qué queda, de un lugar que ha marcado la vida de tantas personas.

La historia adquiere todavía más significado porque hoy somos tres generaciones las que compartimos este mismo instituto: él, como antiguo alumno; su nieta, que cursa Bachillerato; y yo, hoy profesora del centro. Esta fotografía de los tres resume mejor que cualquier palabra la continuidad de una institución que ha acompañado a tantas familias durante tres cuartos de siglo.
Mientras conversa en la mesa, un domingo de paella en familia, los recuerdos van apareciendo con una naturalidad sorprendente mientras todos lo escuchamos atentos. Habla del instituto como si aún pudiera recorrer sus pasillos. Recuerda que el acceso no era automático. Cada escuela presentaba únicamente a aquellos alumnos que consideraba preparados para realizar el examen de ingreso al Bachillerato, que se extendía de 1º a 5º.. Solo quienes lo superaban podían comenzar sus estudios. Después se accedía a 6º y 7º de Reválida y/o Bachillerato Superior.
Las asignaturas poco tienen que ver con las que hoy imaginamos. Junto a Lengua, Matemáticas, Historia, Geografía, Dibujo o Educación Física, los alumnos también recibían clases de Carpintería y Mecánica. Todos pasaban por todas ellas, alternando cada día diferentes materias y enfrentándose a exámenes periódicos. Aquella formación pretendía preparar a los estudiantes tanto intelectualmente como para el trabajo manual, algo muy característico de la enseñanza de la época.
Pero, por encima de las clases, hay imágenes que el tiempo no ha borrado. Una de ellas es el estanque que presidía la entrada del instituto. Allí vivía un gran ganso blanco llamado Silvestre, convertido casi en una mascota del centro y conocido por todos los alumnos. Su recuerdo provoca todavía hoy carcajadas. La anécdota más divertida ocurrió cuando el entonces director, don Francisco Pérez, conocido por los estudiantes como «Perecillo», estaba reprendiendo a un alumno, en mitad de la escena apareció el ganso, que comenzó a perseguir al director hasta alcanzarlo y engancharle los pantalones con el pico, llegando incluso a rasgárselos. Aquello quedó grabado para siempre en la memoria de quienes lo presenciaron y, muchos años después, sigue siendo una de las historias que primero aflora cuando se habla de aquellos tiempos.

Los profesores ocupan también un lugar destacado en sus recuerdos. Los cita uno a uno, como si aún pudiera verlos entrar en clase. Don Francisco Pérez impartía Geografía además de ejercer como director. Don Ángel Díaz Salazar era conocido por todos con el apodo de «el Sopas». Don Fernando Cabanes enseñaba Dibujo y era famoso por su fuerte carácter. La frase “Don Donato, si en la iglesia diesen vino, Don Donato era el más beato”, acuñada por los alumnos para referirse a su profesor, aún resuena en su mente. Nos relata con más detalles vivencias con Don Manuel Durán, profesor de Matemáticas, quien aplicaba un método disciplinario que hoy resultaría completamente impensable: llevaba pequeñas piedras en el bolsillo y, cuando algún alumno se despistaba, se las lanzaba para llamar su atención. Lo cuenta entre risas, consciente de que la escuela de entonces poco tiene que ver con la actual. Aquellos métodos severos formaban parte de una educación en la que la disciplina era incuestionable y en la que la autoridad del profesor nunca se ponía en duda, a quienes todos se dirigían con “Don”.
Nombra también a los conserjes, grandes figuras que unen al alumnado con el profesorado y que cuidan cada detalle del día a día del centro. En aquella época eran Matías, conocido como “el de la gruta, el electricista”, y Fernando, a quién veía como alguien muy serio.
No obstante, al preguntarle por sus años como estudiante, no habla desde el rencor ni desde la nostalgia amarga. Todo lo contrario. Insiste en que guarda un buen recuerdo de todos sus profesores y compañeros. Recuerda las bromas, las risas compartidas y el ambiente que se vivía en las aulas. La dureza de la enseñanza convivía con una camaradería que hacía que el instituto fuera mucho más que un lugar donde estudiar.
Al terminar el Bachillerato comenzó su vida laboral, como hicieron muchos jóvenes de su generación. Entró en el mundo de la construcción, aunque nunca dejó de formarse. Compaginando el trabajo obtuvo el título de delineante de construcción mediante estudios a distancia, una preparación que le abrió nuevas oportunidades profesionales. Durante décadas desarrolló su carrera en diferentes empresas constructoras, participando en obras repartidas por buena parte de la geografía española. Entre ellas recuerda especialmente la construcción de la Universidad de Guadalajara, además de trabajos realizados en Melilla, Ibiza o distintas ciudades del país. Mirando atrás, considera que la formación recibida en el instituto fue el punto de partida que le permitió afrontar con éxito toda una vida de esfuerzo y trabajo.
Antes de terminar la conversación, le pido un consejo para los alumnos que hoy ocupan las mismas aulas por las que él pasó hace más de sesenta años. Su respuesta llega sin pensarlo demasiado, con la sinceridad propia de quien ha construido su vida a base de sacrificio, insiste en que el estudio sigue siendo el mejor camino para abrir puertas y construir un futuro.:
Aprovechad el tiempo, estudiad, asistid a clase y valorad las oportunidades que ofrece la educación.
Escuchar sus recuerdos ha sido mucho más que realizar una entrevista. Ha sido comprobar cómo un mismo edificio puede albergar historias muy diferentes según la época, pero también cómo la esencia de un instituto permanece generación tras generación. Hoy, mientras él rememora el viejo estanque de Silvestre, los estrictos profesores o las clases de carpintería, mecánica y la temida Reválida, su nieta prepara la PAU entre los mismos cimientos, aunque en unas aulas muy distintas, pero animadas por la misma ilusión de aprender.
Su relato me sirve para reflexionar y agradecer que el destino me haya colocado en el centro donde él empezó su trayectoria académica, donde tengo el privilegio de enseñar. Aquel instituto Laboral ha cambiado de nombres, ha crecido en espacio, pero en él se siguen forjando recuerdos, vocaciones y proyectos de vida como los que se construyeron en sus primeros días.