Unde venimus, eo redimus

Y después de escuchar, leer y escribir los testimonios de parte del alumnado de nuestro centro, hoy me toca a mí. Los romanos decían non scholae sed vitae discimus («no aprendemos para la escuela, sino para la vida»). Hoy entiendo su verdadero significado, porque mucho de lo que soy nació entre las aulas del IES Ojos del Guadiana.

Primero fui alumna. Nunca pensé que los mismos pasillos por los que caminé con una mochila llena de apuntes, nervios y sueños acabarían siendo el lugar al que volvería cada mañana para enseñar, sobre todo porque mi intención cuando salí de allí con 17 años era “no pisar el pueblo”. Este año, al conseguir mi plaza como profesora de Latín y destinarme aquí, siento que ese camino ha trazado un círculo que me ha devuelto al lugar donde comenzó una parte importante de mi historia.

Si echo la vista atrás y pienso en cómo era aquella alumna que recorría estos mismos pasillos, creo que quienes fueron mis profesores (y hoy son compañeros) me recordarían como una estudiante trabajadora, aplicada y constante. Siempre intentaba llevar las tareas al día, ser responsable y dar lo mejor de mí en cada asignatura. Bueno, en todas no. El inglés fue siempre mi gran piedra en el camino, más incluso con las matemáticas con las que terminé teniendo buena sintonía. Quizá no sea casualidad que esas sean precisamente cualidades muy “romanas”: el esfuerzo sostenido, la disciplina y el sentido práctico de las cosas. De algún modo, desde el principio ya apuntaba maneras hacia el latín y hacia ese pragmatismo tan característico del mundo romano que entiende el trabajo diario como la verdadera base de todo.

Pero si hay dos referentes que han marcado de verdad mi forma de entender el esfuerzo y el trabajo, esos son mis padres. En ellos siempre he visto constancia, sacrificio silencioso y una manera muy sencilla y a la vez muy firme de afrontar la vida: trabajar cada día sin perder de vista lo importante. Siempre nos han apoyado en todo y nos han inculcado el interés por la lectura y por el estudio como una forma de crecer y de abrirnos camino y, especialmente, de ser independientes. Y, de hecho, puedo decir con orgullo que lo han conseguido conmigo y con mis dos hermanos. Ahora, desde el otro lado del aula, intento transmitir a mi alumnado que el esfuerzo nunca es tiempo perdido. No todos partimos de las mismas facilidades ni destacamos en lo mismo, pero la dedicación y la perseverancia terminan abriendo caminos que a veces ni siquiera imaginamos.

En ese camino hubo profesores que, sin saberlo, dejaron una huella importante. Algunos por la exigencia como Nieves de Historia, Isabel Bárcenas de Historia del Arte o Cristina de Mates; otros por la cercanía como Arsenio de Historia o Sara de Latín; otros por la forma en la que lograban que una materia aparentemente lejana se volviera comprensible e incluso interesante como Alejandro de Filosofía o Luis Yébenes de Ciencias Naturales.

Caminando por los pasillos me llegan multitud de recuerdos, momentos muy concretos, casi sin avisar: recuerdo llegar cada mañana al instituto con las amigas a las que recogía para ir juntas al instituto, la mezcla de respeto y curiosidad que nos generaban los profesores, las risas y el jaleo en los cambios de clase y en las horas de guardia, los recreos como pequeño refugio del día en la pecera, los apuntes compartidos a última hora antes de un examen, quedarse petrificada cuando entraba el jefe de estudios por la puerta….

También hubo momentos muy concretos que se quedan grabados en la memoria y que todavía mis amigas y yo comentamos: más allá de los fines de curso, las horas de guardia en el parque, saltarse algunas clases (que conllevó unos vaqueros rotos), graduaciones, las bolsas de manchitos en los recreos, y dibujos y motes creativos que seguirán permaneciendo en secreto, en mi caso, inevitablemente aparece el recuerdo de aquel bachillerato de Latín y Griego en el que apenas éramos diez alumnos en clase.

Curso 2° de Bachillerato 2011

Éramos pocos, pero formábamos casi una pequeña familia. Compartíamos mucho más que apuntes y exámenes: compartíamos horas de estudio, risas, nervios y una complicidad que solo se entiende cuando un grupo crece tan unido. Llegamos incluso a decorar el departamento, que para mi sorpresa seguía prácticamente igual cuando volví tantos años después, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel rincón.

Museo Arte Romano de Mérida

Y, casi sin darnos cuenta, llegó el final de aquella etapa. Segundo de Bachillerato lo viví con una mezcla difícil de explicar: por un lado, los nervios crecientes ante la PAEG, los últimos exámenes, la presión de hacerlo bien; por otro, sabíamos que se estaba acabando una etapa importante, éramos conscientes de que en poco tiempo cada uno iba a seguir su camino y ya no sería igual, pero teníamos una ilusión enorme por entrar en la Universidad. Y en medio de toda esa vorágine de emociones, yo tenía mi decisión clara: Sara, nuestra profesora de Latín y Griego, fue la que hizo que me enganchara de verdad a esas materias. No era solo cómo explicaba, sino la forma en la que nos hacía pensar y ver el mundo clásico de otra manera. Ya al hacer la matrícula de 1º de Bachillerato una profesora me había dicho que debía escoger matemáticas porque se me daban bien y porque si cogía latín “me iba a morir de hambre”; aun así, cuando llegó el momento de elegir, no tuve muchas dudas y escogí lo que me apasionaba: Filología Clásica. Recuerdo también las palabras que me dijo mi madre “Hija, tu carrera me parece un rollo, pero, si es lo que te gusta, adelante”. Tanto mi madre como mi padre me han apoyado siempre.

El inicio de la universidad fue un poco más movido de lo que había imaginado. Al principio me matriculé en Granada porque varias de mis amigas iban a estudiar allí y la idea de empezar acompañada me daba tranquilidad. Sin embargo, después decidí cambiarme a Salamanca porque su plan de estudios encajaba mucho más con lo que yo buscaba. Aquello supuso irme a casi 500 kilómetros de casa, sin ninguna amiga, con unas conexiones de transporte bastante complicadas y con el miedo lógico de enfrentarme sola a una ciudad nueva. Mirándolo ahora, fue una de las mejores decisiones que he tomado.

Fueron seis años intensos en los que aprendí mucho más que Filología Clásica. Aprendí a desenvolverme sola, a resolver problemas cotidianos, a organizarme, a gestionar los momentos difíciles y, algo fundamental para sobrevivir lejos de casa, a cocinar. Pero, sobre todo, aprendí a gestionar la libertad. Hasta entonces siempre había tenido horarios, normas y una supervisión más o menos constante. De repente, me encontré en una ciudad nueva donde nadie controlaba si iba o no a clase, si estudiaba, si me organizaba bien o si aprovechaba el tiempo. La universidad estaba completamente abierta y las decisiones dependían únicamente de mí. Creo que una de las lecciones más importantes de aquellos años fue entender que la libertad no consiste en hacer lo que uno quiere en cada momento, sino en aprender a responsabilizarse de las propias decisiones. También tuve la suerte de conocer a personas maravillosas y formar amistades que, a día de hoy, siguen siendo una parte importante de mi vida. Disfruté enormemente de la carrera. Me apasionaba lo que estudiaba y sentía que estaba exactamente donde quería estar. Eso no significa que todo fuera fácil. También hubo momentos complicados, algunas decepciones y alguna que otra piedra en el camino; muchas lloreras aguantaron mis padres, mis amigas y mi prima Alba por teléfono. De hecho, una asignatura que se resistió y un doloroso 4,9 me obligaron a quedarme un año más de lo previsto.

Facultad de Filología en Salamanca

Después del grado, la siguiente decisión también estaba bastante clara: cursar el Máster de Profesorado. En realidad, llevaba tiempo viendo hacia dónde me dirigía. Durante los últimos años en Salamanca, y también antes en Daimiel, había dedicado muchos veranos a dar clases particulares de distintas materias. Me gustaba explicar, buscar la forma de que los demás entendieran algo que les resultaba difícil y acompañarlos en su aprendizaje. Poco a poco fui dándome cuenta de que disfrutaba de verdad enseñando. No era solo una manera de ganar algo de dinero mientras estudiaba, sino una actividad con la que me sentía cómoda y realizada. La vocación docente llevaba años asomando y, cuando terminé la carrera, ya no tenía ninguna duda de que quería intentar dedicarme a la enseñanza.

Cuando terminé el máster me quedé unos meses más en Salamanca, compaginando el estudio de la oposición con las clases particulares, porque era una ciudad a la que le había cogido muchísimo cariño. Sin embargo, la oposición exigía una dedicación completa, así que decidí volver a casa para prepararla en condiciones. Fueron meses de trabajo intenso, de mucha constancia y también de incertidumbre. Finalmente logré aprobar, aunque sin plaza, quedándome de las primeras en la lista de interinos.

Instagram donde comparte actividades.

A partir de ahí empezó otra etapa de adaptación: volver a vivir en casa, reencontrarme con mis amistades más a menudo y dejar atrás esa independencia tan marcada que había tenido en Salamanca. No fue un cambio sencillo, pero con el tiempo entendí que también era necesario. Y, lo más importante, volví a querer estar en mi pueblo y a disfrutar de mi vida aquí. Cuando eres adolescente estás deseando salir corriendo, pero al volver empecé a valorar cosas que entonces no veía: la cercanía, la tranquilidad, la gente de siempre y la sensación de pertenencia. Mirándolo con perspectiva, mereció la pena. Desde entonces no he dejado de trabajar y ya han pasado ocho años en los que he ido creciendo poco a poco como docente y como persona. A lo largo de estos ocho años he pasado por los institutos de Miguelturra, Villacañas, Argamasilla de Alba y, desde el año pasado, Daimiel. Han sido años de muchas vivencias y de aprendizaje constante, también de adaptación a distintos centros y a los cambios que he ido viendo en el alumnado y en la forma de enseñar. En todo ese recorrido, he intentado mantener siempre lo mismo: la pasión absoluta por mis materias y las ganas de transmitirla en el aula, más allá de los contextos o las circunstancias. En el aula trabajo con grupos pequeños, casi familiares, donde el contacto es muy directo y eso permite conocer mejor a cada estudiante, sus ritmos y sus dificultades. En muchos casos, además, el alumnado llega a Latín o Griego casi por descarte, como una segunda opción, sin haberlo elegido realmente. Y, sin embargo, es muy habitual ver cómo, poco a poco, esa primera resistencia se transforma en interés, e incluso en entusiasmo.

Excursión con el alumnado de latín a Segóbriga 2026

Reconozco que mi primera impresión no siempre es la más suave. Suelo parecer una profesora seria y exigente, y en las guardias más de uno me ha bautizado, con humor, como “la bruja de las guardias”. Pero esa imagen cambia bastante cuando entran en clase y me ven en mi terreno. Allí intento crear un ambiente diferente, cercano, en el que se pueda preguntar sin miedo, equivocarse sin problema y aprender de forma más natural. Al final, lo más gratificante es precisamente ese cambio: ver cómo materias que parecían “de paso” acaban convirtiéndose en algo que les engancha más de lo que ellos mismos imaginaban.

Pero la labor del docente no se limita únicamente al aula, y con los años he ido explorando otros caminos que también forman parte de mi manera de entender la enseñanza. Cursé un Máster de Investigación que resultó clave en mi formación. No solo me ayudó a dar un enfoque mucho más sólido y diferenciado a mi temario de oposiciones, sino que también me permitió profundizar en aspectos culturales y de análisis que no siempre se trabajan en el grado, ampliando mucho mi manera de entender la disciplina. Fue una experiencia que abrió nuevas líneas de interés en mi trayectoria y que, además, me deja la puerta abierta a seguir creciendo académicamente en el futuro, incluso planteándome en algún momento la posibilidad de iniciar el camino hacia el doctorado. Tengo una cuenta de Instagram en la que comparto con otros docentes actividades, propuestas metodológicas y libros interesantes para nuestras materias, con la idea de crear red y aprender también de la experiencia de los demás. Además, llevo varios años formando parte de los tribunales de la PAU tanto de Latín como de Griego, una experiencia que me ha permitido conocer de primera mano los criterios de evaluación y la realidad del alumnado en un momento clave de su recorrido académico.

Atenas

También me he iniciado en el mundo de las conferencias, desplazándome a otras comunidades para explicar in situ cómo trabajo en el aula y compartir prácticas con otros compañeros. En paralelo, he participado en un grupo intercentros en la elaboración de materiales nuevos para las próximas PAU, con el objetivo de facilitar la labor del profesorado de 2º de Bachillerato y mejorar la coherencia entre lo que se enseña y lo que se evalúa. Y, por último, en septiembre comienzo una nueva etapa como preparadora de oposiciones en colaboración con el Centro de Estudios María de la localidad, un proyecto que me hace especial ilusión porque me permitirá acompañar a otros docentes en el camino hacia el objetivo que yo también viví no hace tanto.

Conferencia en la Universidad de Murcia

Han pasado ocho años, pero cada día me levanto con ilusión y con ganas porque me dedico a una profesión que me gusta. Y, en el fondo, esa es la mejor lección que puedo compartir con el alumnado:

Elegir aquello que de verdad te motiva, incluso cuando otros te dicen que no es el camino más fácil o que tiene pocas salidas. Cuando llegó el momento de decidir, muchas personas me advirtieron de las dificultades y de las escasas oportunidades que, según ellas, ofrecía este ámbito. Sin embargo, opté por seguir aquello que me apasionaba, convencida de que dedicar tantos años de nuestra vida al trabajo merece que, al menos en parte, nos haga felices. Y ahí es donde entra una idea que me acompaña desde hace tiempo, y que llevo literalmente tatuada: per aspera ad astra, a través del esfuerzo se llega a las metas. Porque, al final, más allá de los títulos o los logros, lo importante de todo este recorrido es poder construir una vida propia, con autonomía, tomando decisiones desde lo que uno realmente quiere.