Punto de encuentro de generaciones

Te invitamos a adentrarte en esta imagen 360º de la cantina, un rincón del instituto que durante décadas ha sido mucho más que un lugar de paso. Mientras recorres el espacio, se entrelazan los recuerdos y el testimonio de quien estuvo al frente durante casi treinta años, hasta su despedida el 31 de agosto de 2016, llenándolo de vida, conversaciones y pequeños momentos que dejaron huella en generaciones enteras. Junto a esa memoria, aparecen también las voces de quienes hoy sostienen la cantina en el presente, manteniendo viva su esencia. Entre un tiempo y otro, también hubo quienes pasaron por este espacio, dejando aquí trabajo, afecto y cultivando amistades. Todas ellas han dejado una huella imborrable, también en el recuerdo de quienes ya no están, formando parte de la historia compartida que ha dado sentido y alma a la cantina, corazón del centro.

Entrar hoy en la cantina es también abrir la puerta a muchos años de historia. Así lo siente Mayte, María Teresa Molina Escuderos, que comenzó como ayudante cuando la llevaba Antonio, allá por 1986, Fernando Cabanes en la dirección y el instituto lleno de vida, recuerda que había clases de mañana y tarde y alumnado que llegaba también desde Villarrubia de los Ojos. Fue el propio director quien la animó a quedarse al frente, sin saber quizás que convertiría ese espacio en mucho más que una cantina. Mayte abría muchos días el centro, y no faltaban los profesores que compartían con ella el primer café antes de empezar la jornada. Entre risas, rutina y cercanía, nació un ambiente que muchos recuerdan con cariño.

El mítico bocadillo de magreta se convirtió en su seña de identidad: tan especial que había quien, tras acabar su periodo en el IES, seguía viniendo a buscarlo una o dos veces por semana. Pero la cantina era mucho más: era celebraciones, chocolatadas de Navidad, las migas de Carlos, cumpleaños, bodas y momentos compartidos.

Siempre bien acompañada, contaba con la ayuda de su padre en los recreos, sirviendo con agilidad al alumnado, y hasta algunos estudiantes, como Pedro o Joaquín, bajaban a echar una mano. El compañerismo era la norma, tanto con el alumnado como con el profesorado, con quienes incluso compartía excursiones y comidas fuera del centro.

Después de años sin volver, porque las ausencias pesaban demasiado, el reencuentro no parecía fácil. Sin embargo, al regresar, todo fue llegando poco a poco: el olor de los árboles por la mañana, el momento de cruzar la puerta y el reencuentro casi inmediato con antiguos compañeros y compañeras. Camino de la cantina, al recorrer el pasillo, fueron apareciendo los recuerdos, como los saludos de antaño a Consuelo en el laboratorio o a Emilio en Química, y ese cuadro de la cafetería que ella sigue llamando “mi cuadro”, pintado junto al profesor Fran y su alumnado de plástica. Para no dejar ningún recuerdo importante en el tintero, añade entre sonrisas que con la llegada de Pedro Chaparro también aterrizó en el centro una “hornada” de profesorado joven, con muchas ganas de disfrutar, con quienes conectó enseguida: “hasta nos sacamos el carnet juntos… jeje, solo yo aprobé a la primera”. Y, por supuesto, no olvida el apoyo constante de Prado y Mayte, las ordenanzas, con quienes “siempre estábamos de bromas y risas, siempre con un buen ambiente”. Entre recuerdos aparecen también las «travesuras» de Fogeda o el cariño hacia Cecilia, secretaria del centro, en una colección de pequeñas historias que, juntas, dibujan el verdadero espíritu de aquellos años.

Mayte con compañeros y compañeras que dejó hace 10 años.

Mayte no solo vio pasar generaciones, las vivió. Y en cada bizcocho casero, en cada desayuno y en cada broma compartida, dejó una huella que sigue formando parte de la esencia del instituto.

En la actualidad, la cantina sigue latiendo con fuerza gracias a dos grandes mujeres, Amelia y Rocío, que continúan esa labor con la misma cercanía y dedicación. Pasado y presente se encuentran aquí: en cada mesa, en cada mostrador y en cada historia compartida, haciendo de este lugar un punto de encuentro que sigue formando parte esencial de la vida del centro.

Hoy, la cantina sigue siendo un lugar de encuentro, plenamente integrada en la vida del centro. El ambiente continúa siendo de total inclusión, algo que se refuerza con la implicación de Amelia, que además forma parte del AMPA, creando así un vínculo aún más estrecho con la comunidad educativa. Como ellas mismas dicen con naturalidad, muchas veces su papel va más allá de servir desayunos: “A veces somos psicólogas, porque a nosotras nos cuentan con confianza”, aportando también “otro punto de vista de los conflictos” desde la cercanía del día a día.

Los tiempos han cambiado, y con ellos también la manera de funcionar. Ahora los bocadillos se encargan por WhatsApp, se preparan con el nombre de cada estudiante y en el recreo solo tienen que pasar a recogerlos, una pequeña muestra de adaptación a las nuevas rutinas. También han tenido que ajustarse a la legislación actual, dejando atrás las gominolas y chucherías de otros tiempos.

Aun así, la esencia permanece: un espacio cercano, humano y siempre dispuesto a escuchar, donde cada generación sigue encontrando algo más que un simple desayuno.