Una perseverancia sin límites

Hoy nos visita un alumno con una historia que merece ser escuchada, Manuel Abaldea. Su camino no fue fácil ni convencional. Cuando terminó octavo de E.G.B. con apenas 14 años, su padre decidió que estudiar no era para él. Creía que los estudiantes eran “pasea libros” sin ganas de trabajar, una idea marcada por su propia experiencia: empezar a trabajar a los 12 años y no haber tenido oportunidad de estudiar. Así, nuestro invitado dejó los estudios y comenzó a trabajar en la empresa familiar para convertirse en lo que su padre llamaba “un hombre de bien”.

A los 19 años, vivía solo y sin apenas formación. El panorama parecía desalentador, pero era 1999 y la construcción ofrecía muchas oportunidades. Con esfuerzo, salió adelante, aunque siempre con una espina clavada: no haber terminado la E.S.O.. Esa inquietud fue el motor que lo llevó a retomar los estudios y cambiar su vida.

Ese “gusanillo” lo llevó a la escuela de adultos. Compaginó jornadas laborales con clases nocturnas, sacrificando tiempo libre y descanso. El esfuerzo dio frutos: consiguió el título de la E.S.O. Pero lejos de conformarse, se preguntó: ¿y ahora qué?. La respuesta fue clara: seguir estudiando.

En ese punto, el Bachillerato se convirtió en el puente que lo unió a nuestro IES Ojos del Guadiana. No fue solo un cambio académico, sino el inicio de una etapa decisiva en su vida. Aquí encontró algo más que aulas y libros: encontró personas que creyeron en él. Soco y el Departamento de Orientación jugaron un papel fundamental, ofreciéndole apoyo constante y guiándolo en cada decisión. Gracias a todo ese apoyo, descubrió que estudiar no era solo coleccionar títulos como cromos, sino abrir puertas a oportunidades que ni imaginaba. Y lo mejor: en medio de ese camino empezó a darle forma a una pasión que ya asomaba entre teclas y pantallas… la informática. Ese respaldo humano y profesional fue clave para que, en medio de las dudas y el cansancio, mantuviera firme su propósito y siguiera avanzando hacia el futuro que soñaba. Incluso en los días más duros, cuando el cansancio se hacía notar, siempre había gestos que marcaban la diferencia: como el café solo que Ángeles, desde la cantina, le preparaba con cariño y que él compartía con los profesores, un pequeño ritual que le ayudaba a sobrellevar la jornada y sentirse parte de la comunidad educativa.

Hoy, esa persona es profesor de Informática en Secundaria y Formación Profesional. Su historia nos recuerda que nunca es demasiado tarde para aprender, que los obstáculos se pueden superar y que la perseverancia abre puertas que parecían cerradas.

Si tú también sueñas con retomar tus estudios, guarda esta frase:

“Tú puedes.”


Porque la educación no tiene edad, y el primer paso hacia tu meta comienza cuando decides intentarlo.