De alumnas a guardianas del instituto

En el instituto hay historias que merecen ser contadas, y hoy queremos compartir dos muy especiales: las de nuestras queridas ordenanzas, Maite y Prado, que un día fueron alumnas como vosotros y que ahora son parte esencial de nuestra familia educativa.

La primera protagonista, Maite, comenzó su camino aquí, en estas mismas aulas, con la ilusión que caracteriza a quienes sueñan en grande. Tras terminar sus estudios, se lanzó al mundo de la empresa privada, donde alcanzó una proyección profesional. Pero la vida, con sus giros inesperados, le pidió una pausa: durante unos años se dedicó por completo a su familia, sin perder nunca la chispa ni las ganas de seguir creciendo. En cada hueco que encontraba, sacaba tiempo para estudiar, prepararse y avanzar, demostrando que la constancia y la resiliencia son la mejor receta para cumplir sueños. Hoy, verla sonreír en la entrada del instituto es la prueba de que quien persevera, siempre encuentra su recompensa… Aunque no era lo que había imaginado, encontró la oportunidad de trabajar al mismo tiempo que le permitía desarrollarse en el campo profesional y personal.

Nuestra segunda protagonista, Prado, también estudió en nuestro Ojos del Guadiana y fue una etapa estupenda. Después, estudió un ciclo de FP en Ciudad Real y, mientras trabajaba, comenzó a preparar oposiciones en distintos cuerpos, avanzando paso a paso, mejorando cada puesto y cada destino con una constancia admirable. Aunque podría haber alcanzado puestos más altos en otros destinos, eligió algo mucho más valioso: trabajar cerca de casa para conciliar su vida familiar. Y lo hizo en el lugar donde todo empezó, el instituto que la vio crecer. “Volver aquí no es solo un trabajo, es volver a casa”.

Cuando le preguntamos por su primer recuerdo, Prado no duda ni un segundo:  “El salón de actos, ese espacio que siempre me impresionó”. Prado recuerda con cariño: «Las fiestas de Santo Tomás eran todo un acontecimiento en el instituto; los alumnos de 3.º de BUP se encargaban de organizarlas. Con creatividad y entusiasmo, preparaban cada detalle para financiar la esperada excursión, convirtiendo el evento en una celebración única. Entre representaciones teatrales, musicales y un ambiente festivo, destacaba la tradicional elección de ‘damos y damas’, que añadía un toque elegante y divertido a la jornada. Era una mezcla perfecta de tradición, compañerismo y alegría que quedaba grabada en la memoria de todos. Y, tras una pausa, añade entre carcajadas y a ella se suma Maite:  “Si yo contara lo que he visto como alumna y luego como ordenanza… ¡Madre mía!”. Nos deja con la intriga, asegurando que algunas historias son mejor guardarlas bajo llave, porque podrían dar para una novela… o para una buena comedia. Así que, por ahora, nos conformamos con imaginarlo, porque según ellas, hay secretos que es mejor no sacar a la luz.

Cuando recuerdan aquellos años, lo hacen con el cariño propio de unas adolescentes que no piensan en las lecciones, sino en todo lo demás: las risas, las ocurrencias y los momentos compartidos. Hoy, esas memorias les sacan unas sonrisas, porque sabe que, entre bromas y sueños, empezó a forjar la fuerza que las llevó hasta aquí.

Nuestras guardianas no solo abren puertas, también abren espacios de confianza y buen humor. Son parte de la formación de nuestros estudiantes, porque enseñan con el ejemplo: respeto, empatía y saber hacer. Y para los profesores, son ese apoyo silencioso pero imprescindible, capaces de convertir un día complicado en uno más llevadero con una palabra amable o una mirada cómplice. Gracias por ser el corazón que late en cada rincón del instituto.

A nuestros estudiantes les dicen:

«Chicos, no os cerréis puertas ni penséis que hay caminos buenos o malos. Cada camino es una oportunidad para aprender algo nuevo. Buscad el vuestro con ilusión y sin miedo: los errores no son fracasos, son pasos que os acercan a ser la mejor versión de vosotros mismos».