Decisiones valientes y una tarta de queso

Cristina García Muñoz González Mohíno, antigua alumna de nuestro centro, es un ejemplo de coherencia, valentía y capacidad de adaptación. Desde una vocación educativa temprana hasta el emprendimiento ligado a su pasión, su historia demuestra que los caminos no siempre son rectos, pero sí pueden estar llenos de sentido, aprendizaje y decisiones tomadas con conciencia.

Cuando le pregunto a Cristina por su paso por el instituto, noto enseguida que no es un recuerdo superficial. Me explica que para ella «la etapa instituto es una fase vital que marca a cualquier persona», porque es justo ahí donde «comienzas la ESO siendo tan solo un niño o niña y sales del insti habiendo decidido, a veces de manera precipitada, hacia dónde va a ir tu futuro». Mientras me habla, insiste en que en esos años «se refuerza una personalidad que ya llevamos con nosotros» y que todo está muy condicionado por las personas que te acompañan en el camino.

Me dice que guarda memoria de todos. Literalmente, «recuerdo a todos y cada uno de los compañeros y compañeras de mi curso». Algunos siguen siendo amigos hoy, otros no, pero todos mantienen un vínculo especial por haber sido «compis de insti». Lo mismo ocurre con el profesorado: recuerda a muchos y conserva anécdotas que el tiempo no ha borrado.

Cuando profundizamos un poco más, aparece un recuerdo muy concreto de tercero de la ESO, un curso que ella misma define como «complicado a nivel enfoque y rebeldía». Me habla de una mañana cualquiera con Don Felipe, profesor de Lengua «de los más veteranos del equipo docente» y al que recuerda «con especial cariño». Estaban analizando oraciones cuando, tras una bronca a un compañero, el profesor dijo: «no tengo un pelo de tonto». Ella, en voz bajita y con intención de hacer reír a los de al lado, respondió con una broma que invitaba al profesor a ponerse extensiones. Lo que vino después fue una carcajada general y, sobre todo, una consecuencia inesperada: «desde ese día, yo fui la encargada de corregir todos, todos los días, las oraciones a analizar que llevábamos de tarea». Cuando me lo cuenta, sonríe y concluye que «gracias a mi metedura de pata, y a Don Felipe, aprendí a mantener la boca cerrada cuando toca, y acabé amando la sintaxis».

Al hablar de su etapa académica posterior, todo suena mucho más claro y decidido. Me cuenta que «mucho antes de acabar bachillerato, ya tenía claro lo que quería estudiar» y que no hubo lugar a dudas. Tras el instituto cursó una Diplomatura de Magisterio en Educación Infantil, continuó con un Máster en Educación y Nuevas Tecnologías y completó su formación con otros cursos como Monitora de Actividades Juveniles o de Ludoteca. La educación estaba en el centro de su proyecto vital.

La trayectoria laboral, sin embargo, no fue tan lineal. Al terminar la carrera empezó trabajando en un supermercado: «lo que iba a ser temporal acabaron siendo siete años», mientras compaginaba el empleo con la preparación de las oposiciones a maestros. Después tomó una decisión valiente y dejó ese puesto para liderar «un proyecto social muy bonito de Apoyo Escolar y Emocional a niños en riesgo de Exclusión Social, con Cruz Roja Española». Allí estuvo cinco años, hasta que, al depender de una subvención, tuvo que volver al comercio.

Su última etapa antes del gran cambio fue en Decathlon. Me reconoce que vivió «una etapa de incomodidad y de sentir que había retrocedido», y que fue entonces cuando decidió «cambiar el rumbo de mi vida laboral y no dejar que la vida decidiese por mí». Esa decisión la llevó a emprender.

Hoy su situación es muy distinta. Me cuenta que «actualmente me dedico a mi pasión, a lo que siempre ha sido un hobby» y que vive de lo que le hace feliz, sin frustración por no haber accedido a la educación pública. Tiene «un pequeño obrador en Ciudad Real especializado en tartas de queso artesanales», un espacio que define como «un pequeño templo» y que, aunque «ha costado mucho, sobre todo a nivel mental», valora «como si fuese el mayor de los regalos».

Antes de terminar nuestra charla, le pido un consejo para el alumnado de hoy. Es lo único, dice, que se siente capacitada para dar:

«Que no tengan miedo a equivocarse», aunque suene tópico. Me recuerda algo que solo se entiende con el tiempo: «en una vida hay muchas vidas». Elegir qué hacer al acabar la ESO o el Bachillerato es difícil y hay que hacerlo con calma, pero «es lícito equivocarse, probar… para poder vivir una vida con propósito y sentido».