Un viaje que vuelve a casa
Como antiguo alumno del centro, Diego Sánchez-Montañés Muñoz de Morales, recibe esta invitación a nuestra sección de trayectorias que inspiran. Antes de compartir su recorrido personal y profesional, quiso expresar lo especial que es para él formar parte de este aniversario. Le conmueve el cuidado con el que se ha preparado cada detalle, a través de las distintas exposiciones y actividades. y valora que se haya pensado en él para recordar su historia y volver, de algún modo, al lugar donde comenzó todo.
Le vienen a la mente imágenes muy claras: «Una de las primeras cosas que recuerdo al empezar el instituto es la charla de bienvenida que daban los jefes de estudios cuando llegábamos a 1º de la ESO. En aquel momento afloraban los nervios, no solo por lo que imponía empezar una nueva etapa, sino también por la incertidumbre de saber si te iba a tocar en clase con tus amigos de siempre o no. Cabe decir que, tanto en primero como en segundo, apenas coincidí con amigos míos, pero aquello, que al principio parecía algo negativo, terminó obligándome a socializar más y a conocer mejor a otros compañeros.
De 1º de la ESO recuerdo perfectamente a profesores como Mercedes, de Matemáticas, a quien se le tenía bastante respeto. Sin embargo, yo estuve muy bien con ella y acabé sacando notas muy buenas. Además, Mercedes fue la profesora que más cursos me dio clase, cuatro de los seis años que pasé en el centro. Aunque es cierto que nuestra relación tuvo grandes altibajos, la recuerdo con mucho cariño y, sobre todo, recuerdo lo bien que enseñaba.
De 2º recuerdo especialmente a Luis Yébenes. No sabría explicar exactamente por qué, pero tenía una forma de conectar con el alumnado que no siempre se encuentra en otros profesores. Transmitía cercanía, naturalidad y una manera de estar en clase que hacía que se le recordara de forma especial.
En 3º no puedo mencionar a otra profesora que no sea “La Utrilla”. Era el año de su jubilación y también su última tutoría. Y vaya último año le dimos. Sin embargo, cuando acabó el curso, nos despidió con una gran sonrisa. Ahora que también soy profesor, lo entiendo de otra manera. Hay clases que pueden llegar a agotar mucho y con las que a veces parece que no se puede avanzar, pero, curiosamente, algunas de esas clases son las que más se recuerdan, tanto para lo bueno como para lo malo.
4º de la ESO es el curso que mejor recuerdo. No solo tuve la suerte de que me tocara con mis amigos de toda la vida, sino que además había muy buen ambiente dentro del aula. Aquí tengo que mencionar a Emilia, de Historia, y sus clases de los viernes a última hora. Sé que le sacábamos de sus casillas, pero en el fondo nos apreciaba. Además, cuando volví al centro varios años después, todavía se acordaba de nosotros, y eso siempre hace ilusión.
Ya en Bachillerato, la profesora que debo mencionar es Eva, de Economía. Ella fue fundamental en mi vida académica y laboral. En 4º de la ESO elegí todas las asignaturas de ciencias porque no tenía claro qué quería hacer, pero pronto noté que aquello no terminaba de llenarme. Siempre me habían gustado mucho las matemáticas y la economía me llamaba la atención, así que opté por cursar el Bachillerato de Ciencias Sociales. La asignatura que más me gustó, con diferencia, fue Economía. Me encantaba estudiarla. En el otro lado estaban Filosofía e Inglés, que fueron las materias que más me costaron. La primera, porque no terminaba de comprenderla, y la segunda, por mi bajo nivel previo. Sin embargo, puedo decir que tuve una grandísima suerte con las profesoras que me dieron clase en ambas asignaturas y durante los dos cursos, porque me ayudaron muchísimo.
2º de Bachillerato fue una auténtica montaña rusa. Lo recuerdo como el curso más complicado y estresante, no tanto por el nivel de exigencia, sino por el ritmo que implicaba. Aun así, también lo recuerdo con mucho cariño, porque fue una etapa intensa, de aprendizaje y de crecimiento, de esas que en el momento pesan, pero que con el tiempo se miran con una mezcla de orgullo, nostalgia y agradecimiento.«

Tras Selectividad comenzó Economía en la Complutense, aunque no terminó de encajar. Al año siguiente se matriculó en ADE en la Universidad de Castilla-La Mancha, donde sí encontró su sitio. Allí conoció a personas que hoy siguen siendo fundamentales en su vida y vivió una etapa de madurez y descubrimiento personal. Fue en segundo de carrera cuando una profesora le habló del Máster de Formación del Profesorado. Aquella conversación, aparentemente sencilla, reavivó una vocación que llevaba años guardada: la de ser profesor. Desde ese momento lo tuvo claro. «Al terminar esa misma clase, fui directamente a preguntarle por ello. Desde ese momento lo tuve claro. Quería ser profesor de Economía. Aquella conversación, aparentemente sencilla, acabó marcando el camino profesional que sigo recorriendo hoy.»
Antes de terminar el grado hizo prácticas en Globalcaja, una experiencia que recordaba con cariño por todo lo que aprendió en el trato con la gente, aunque también tuvo momentos duros. Podía haberse quedado allí, pero no se veía toda la vida en un banco, así que decidió matricularse en el Máster de Profesorado. Ese máster le permitió volver al instituto para hacer prácticas, reencontrarse con antiguos profesores y ver el centro desde el otro lado. La pandemia acortó aquella experiencia, pero aun así la recordaba como algo muy especial.
Después llegó la oposición, con meses de estudio, altibajos y mucha presión. Mientras se preparaba, le llamaron para trabajar en un instituto de Valdepeñas. Su sorpresa fue que le tocó impartir Matemáticas… y su primera clase fue de Física y Química. Él, profesor de Economía, dando Física y Química. Tiró de compañeros, de esfuerzo y de ir dos clases por delante, como suele decirse. Más tarde ya pudo impartir Economía, aunque también Matemáticas y Formación Profesional, según las necesidades de cada centro. Pasó por muchos institutos: El Casar, La Solana, Talavera, Yuncos y finalmente Recas. Sonrie diciendo: «Ser interino era vivir con las maletas siempre listas, sin saber dónde estaría el curso siguiente ni qué realidad se encontraría. Pero también era aprender de contextos muy distintos y descubrir que cada clase era un mundo».
Tras recorrer varios institutos de Castilla-La Mancha, Diego terminó encontrando un nuevo reto en un entorno muy particular, «Actualmente estoy destinado en Recas, en el I.E.S. Arcipreste de Canales. Es una zona especial, situada en La Sagra, al norte de Toledo. Cuando me destinaron a este centro, al igual que el curso pasado, cuando estuve en un instituto de Yuncos, también en La Sagra, muchas de las personas a las que preguntaba me respondían con el típico “pff, prepárate”. Sin embargo, creo que en la educación influyen muchos factores, como los horarios, los grupos, el número de alumnos por aula o los recursos disponibles. Al final, cada persona puede tener una visión distinta de una misma realidad. En mi caso, puedo decir que la experiencia ha sido satisfactoria. El cariño que me ha mostrado el alumnado lo voy a recordar siempre, esté o no en el mismo centro en el futuro. También considero importante destacar la necesidad de que haya más recursos para esta zona. La Sagra vive una situación muy compleja, en algunos momentos límite, muy alejada de la realidad que se puede encontrar en Daimiel y en otros pueblos cercanos. Muchos centros reciben alumnado nuevo de manera constante, los departamentos han desaparecido por falta de aulas, existe una gran diversidad de nacionalidades y hay una proporción importante de alumnos con desconocimiento del idioma. Todo ello provoca que las clases estén muy llenas y que la educación que reciben pueda verse afectada. Aun así, también es justo decir que esa diversidad aporta cosas muy valiosas. Permite conocer otras culturas, otras costumbres e incluso la gastronomía de distintos países de origen. Y, sobre todo, permite comprobar algo que para mí es fundamental, que cuando el alumnado percibe que estás implicado de verdad en su educación, suele responder con cariño, gratitud y respeto. Esa es, probablemente, una de las razones por las que esta profesión, a pesar de sus dificultades, sigue mereciendo tanto la pena».
Después de repasar su trayectoria y las experiencias que han marcado su camino como docente, Diego quiere detenerse en una reflexión que considera esencial, especialmente para quienes hoy ocupan las aulas que él ocupó años atrás.
En mis años de experiencia como docente he visto cómo ha cambiado la educación. Sin embargo, también me he dado cuenta de que muchos de los problemas, miedos e inseguridades del alumnado son muy parecidos a los que teníamos nosotros, aunque a veces ya no nos acordemos. En mi caso, sé que durante mucho tiempo le daba demasiada importancia a las notas de los exámenes. Siempre quería sacar buenas calificaciones y me costaba relativizar cuando algo no salía como esperaba. Con el tiempo, sin embargo, he aprendido a verlo de otra manera. Al final, cuando te ponen un examen delante, no deja de ser un trozo de papel. Sí, cuenta. Sí, tiene importancia. Pero suspender un examen no es el fin del mundo.
Siempre habrá otra oportunidad, otra forma de intentarlo y otro camino posible. Cada persona es un mundo. Hay alumnos que tienen mucha facilidad para estudiar y parece que avanzan por una autopista recién asfaltada. Otros, en cambio, tienen que recorrer un camino lleno de piedras, curvas y cuestas. Pero eso no significa que unos vayan a llegar y otros no. Significa, simplemente, que cada uno llegará a su manera y a su ritmo.
Por eso, mi consejo sería que no tengan miedo a equivocarse. Equivocarse forma parte del aprendizaje y también de la vida. Lo importante no es hacerlo todo perfecto a la primera, sino seguir intentándolo, pedir ayuda cuando haga falta y no perder nunca la confianza en que, con esfuerzo, paciencia y constancia, se puede avanzar mucho más de lo que uno imagina.